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En los Juegos Olímpicos las mujeres brillaron, pero exigieron respeto con su dignidad

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Por Araceli Aguilar Salgado 

Sencillamente todas estamos jugando nuestro propio partido. No lo veo como una rivalidad. Solo estamos intentando jugar lo mejor que podemos“. Katie Taylor, boxeadora

Los Juegos Olímpicos finalizaron exitosamente a pesar del coronavirus, pero por primera vez las jóvenes atletas que brillaron una vez más en su competencia exigieron a los organizadores de la Olimpiada Mundial respeto a su dignidad como mujer y plantearon una serie de demanda futurista, con mira a romper ese estereotipo que en la actualidad exhiben este tipo de competencia.   

Araceli Aguilar Salgado

El Congreso Mundial de la Mujer, (CMM), felicita y apoya a las atletas en su petición, como en su participación en la Olimpiada de Tokio. Por ello no es cosa menor la defensa que están haciendo las atletas olímpicas sobre su derecho a competir sin tener que exhibir sus cuerpos. Especialmente cuando lo que vivimos en el mundo es una violencia exacerbada contra las mujeres, que se sostiene por la cosificación de los cuerpos femeninos. 

El Congreso Mundial de la Mujer, (CMM), le hace un llamado a los organizadores a escuchar y tomar la medida de lugar en la defensa que están haciendo estas atletas es ser reconocidas como tal y no como figuras decorativas de las competencias. Porque además de competir con todo el rigor técnico de cada disciplina se les ha impuesto tener que lucir bellas. 

Sin embargo, lejos de que se entienda la justeza de la acción de las deportistas alemanas y noruegas, especialmente estas últimas, lo que tenemos es la respuesta arcaica de las autoridades olímpicas, que sanciona la igualdad, el acto autónomo de las atletas. Imponer una sanción a al equipo de voleibol de noruega por no usar bikini, retrata de cuerpo entero esta apropiación patriarcal del cuerpo de las mujeres. 

La decisión de la Federación Europea de Balonmano fue multar a cada una de ellas con 150 euros, unos 694.000 pesos colombianos. Es decir, que, en total, el equipo debería pagar un total de 1500 euros, casi 7 millones de pesos.  

Dicha federación exige que las mujeres lleven la parte inferior del bikini “con un ajuste ceñido y cortadas en ángulo ascendente hacia la parte superior de la pierna”. Especifica además que los lados del bikini no deben tener más de diez centímetros, mientras que los hombres pueden llevar pantalones cortos de hasta diez centímetros por encima de las rodillas, siempre que “no sean demasiado holgados”. 

Es absurdo este argumento machista en pleno siglo XXI, cuando las mujeres ya hemos caminado un largo trecho para reclamar nuestros derechos y no ser vistas solo como objetos cuyos cuerpos están exclusivamente al servicio de un sistema capital y patriarcal.  

Solo por hablar del deporte que consumimos desde el televisor: hay imágenes que tenemos demasiado normalizadas como sociedad. En el tenis, mientras ellos juegan con pantalón corto, ellas juegan con una minifalda y un short debajo. En la gimnasia, mientras ellos tienen una trusa que cubre todo su cuerpo, ellas tienen un maillot que les deja ver las piernas y la cola. Y en el balonmano, mientras ellos tienen camiseta y pantalón corto, ellas tienen una camiseta pegada y un bikini diminuto.  

Por ello, en lugar de aprovechar esta acción de las atletas para revisar las reglas sexistas que pueden estar sobreviviendo en los juegos olímpicos se decide quedarse en el pasado machista. Lo que han hecho tanto las gimnastas alemanas como las jugadoras de voleibol de playa noruego es actuar en consecuencia de los cambios que estamos haciendo las mujeres en el mundo, dejar de ser objetos para ser reconocidas como sujetas. La demanda de las atletas es justa, están en su derecho a participar sin tener que exhibir sus cuerpos. 

Tampoco es casual que quienes estén colocando el acento sobre esto sean las atletas noruegas y alemanas, cuyos países se encuentran entre los primeros 10 de todo el mundo con el mayor índice de igualdad entre mujeres y hombres. Ellas crecieron a sumiéndose sujetas, en países donde las discusiones feministas están en el escenario público desde hace varios años. 

Pienso por ejemplo en Alemania, hace 5 años cuando el debate en los medios estaba sobre el sexismo de un dulce infantil de chocolate, que trae un juguete para armar, que habían lanzado a nivel mundial la línea para niñas, en rosa, por supuesto y con princesas y muñecas. Esto generó una enorme polémica en aquel país en tres ejes: 

La insistencia en la división entre niñas y niños, ¿Por qué no hacer un juguete creativo para la infancia simplemente? El segundo eje era el sexismo de este dulce-juguete que insiste en formar a las niñas en las cuidadoras de la humanidad y en mujeres que necesitan ser rescatadas por el príncipe. Y tres, el daño que el sexismo ha ocasionado en hombres que siguen siendo formados en la violencia, la supremacía sobre las mujeres y la cosificación de los cuerpos femeninos, educación que ha construido feminicidas en potencia. 

En los Juegos de Tokio se han respetado las cuotas de igualdad, o al menos casi totalmente, con casi un 49 % de mujeres participantes. No obstante, existen grandes lagunas en grupos como el de las entrenadoras, que representarán sólo en torno al 10 % del cuerpo técnico acreditado. La asamblea del propio Comité Olímpico Internacional (COI) tiene solo un 37,5 % de mujeres, un porcentaje que desciende al 33,3 % en su Comisión Ejecutiva, según datos aportados por EFE. 

Por ello es tan valioso lo que estas atletas olímpicas han hecho en estas competencias, porque desde su acción ponen en discusión la cosificación del cuerpo femenino en el marco de las olimpiadas, con todo lo que ello implica. Cada paso dado por las deportistas a favor de los derechos de las mujeres ha posibilitado el ingreso de más mujeres en mejores condiciones. 

Seamos atletas, debutamos públicamente en ciertos espacios o simplemente caminemos por la calle, las mujeres deberíamos poder decidir cómo queremos vestirnos y vernos según cómo nos sentimos y no por miedo a ser sexualizadas, juzgadas, censuradas o hasta multadas. Sin embargo, todos estos casos abren una pregunta esencial y es por qué somos las mujeres las que debemos pensar en qué ponernos o cómo comportarnos, para no ser sexualizadas por otros.  

El foco que hoy pone los escenarios olímpicos sobre la sexualización que nos afecta todos los días a las mujeres, debería ser un motivo para hacernos una pregunta sobre nuestra responsabilidad como sociedad para frenar los comentarios, abordajes y en general, los comportamientos machistas que no permiten que como seres humanos nos definamos más allá de nuestros cuerpos y aspecto físico.  

Competir a partir de sí mismas ha sido una larga lucha de las atletas, sólo por recordar a las más recientes, pensemos en Doaa Elghobashy de Egipto quien fue la primera jugadora olímpica de voleibol de playa en usar un hiyab en 2016; en la maravillosa Serena Williams quien, en 2018, participó en abierto de Francia con un traje completo, el cual dedicó a todas las mujeres que habían parido, acción que generó un enorme rechazo de los organizadores quienes se sintieron ofendidos por el traje. 

Estas transgresiones de las deportistas marcan el avance de la igualdad, que se enfrenta a resistencias machistas que se escudan en reglamentos obsoletos y sexistas. El Congreso Mundial de la Mujer, (CMM), la respalda y apoya totalmente en su demanda. 

Por lo tanto, las protestas de hipersexualización e igualdad han ocurrido en todo el mundo, y en esta edición de los Juegos Olímpicos no fue la excepción.  El Congreso Mundial de la Mujer, (CMM), es una entidad que cree en la igualdad y compatibilidad entre los géneros, sin tener que sacrificarse uno u otro, somos seres humanos con grandes potencialidades en este mundo y se pueden ver en estas competencias como en otras.

“Se trata de lo que resulta cómodo. Queríamos demostrar que cada mujer, cada una, debe decidir qué ropa llevar.”  Seitz .